Memorias de mi Ellie

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Nunca he dudado de la existencia de Dios y, por ello, de la razón de vivir de todos nosotros, sus hijos, y de toda su hermosa creación. De pronto, llegan a mi mente reborujada mil vivencias. No hay ni una sola en la que mi Ellie no aparezca. Hace tiempo leí un artículo en el que la entrevistaron buscando saber un poco de su experiencia como madre de un hijo con autismo. En una de sus líneas, mi Ellie, compartía estas palabras que se quedaron muy grabadas en mi mente y en mi corazón:

” Diosito me permitió nacer para ser la mamá  de mi Aletio. Siendo muy niña me eligió y, desde entonces, empezó a prepararme para mi hermosa y delicada misión.”

Ayer, entre los recuerdos de mi Ellie, encontré este escrito que no recuerdo haber leído con anterioridad. Lo reafirmo, a mi Ellie me la había apartado Dios, siendo tan solo una niña de seis años, con el corazón más noble y generoso que me haya podido elegir.
Es inteligente, chistosa, enojona a veces, pero más que superable jajaja, trabajadora, entusiasta, guerrera,  aunque la batalla parezca imposible de vencerse y, lo mejor de lo mejor, es bella más que al límite… ¡Y ES MI MADRE!
Les comparto ahora lo que ayer leí y que me hizo entender una vez más la fortuna de ser hijo de Claudia Muro Terrazas, mi Prietita.

Tenía yo como seis años y seguido bajaba  a la papelería  de la familia Lozano, “Mi niño”. Me gustaba ir ahí, porque el Sr. Lozano era un amor. Siempre te atendía con una sonrisa, y te despedía con una palabra amable. Afuera de la papelería, por los pasillos de los locales, a menudo veía a un niño de mí misma edad, o un par de años más. Callado, apartado del resto, gesticulaba mucho y hablaba para sí. Jugaba mucho con sus manos.

Tenía su cabello lacio obscuro, y unos ojos que parecían canicas de lo redondos y brillantes que eran. Lo recuerdo como si fuese ayer, ¡Oh Dios!

Montones de veces lo defendí de niños que solían burlarse y reírse de él. Le empujaban y le aventaban piedras, y él no se defendía. Parecía no importarle que lo molestaran y lo agredieran. Pero a mí, sí. Regresaba a casa llorando a contarle a mi papá. Y papá me decía que si los niños que lo molestaban eran de mi estatura, lo defendiera, pero que si eran más grandes pidiera ayuda a un adulto. Jajaja, papá Muro sabía que su nenita era tremenda ante las injusticias. Que no temía y que no iba a permitir que le hicieran daño a ese niño.

Recuerdo que intentaba platicar con él, pero respondía muy poco. Y, cuando lo hacía, casi no se le entendía. No me miraba a los ojos nunca, y siempre andaba con la cabeza baja.

El tiempo transcurrió. Fueron años de la misma historia. Alejar a todos esos niños y niñas que se burlaban  de mi amiguito, aunque él no me considerara ni siquiera conocida. Me cambié de Colonia, me hice adolecente, y seguido me preguntaba qué habría sido de él.

Ya siendo la mamá de Aletio, un buen día los dos fuimos de visita a un templo cristiano invitados por mi hermana la mayor. Al Aletietes le encantaba la hora de la alabanza, esos cantos que le erizan la piel a uno. Mi hijo era un lepecillo como de tres años y medio súper hiperactivo. No paraba quieto ni seis segundos. Ahí, en ese templo, a esa hora, pasaba el tiempo sentadito en la banca escuchando los cantos.

Un domingo, una de las maestras de biblia del templo se me acercó y me dijo:  disculpe hermana, ¿su niño tiene autismo? Le respondí que efectivamente, y ella se apresuró a decirme: es que me recuerda mucho al hermano de mi mejor amiga. El ya es un adulto, pasará de sus treinta. Tiene autismo y es muy inteligente. Me gustaría que usted lo conociera.  Quedamos de vernos al siguiente domingo. Yo, como veía feliz y tranquilo a mi Aletietes, aún siendo educada bajo la religión católica pensaba: Mientras nos reciban aquí a la hora de la alabanza y no intenten convertirme en hermana o nada de eso, pues aquí estaremos. Ya en la tarde me iré a misa con el Padre Negris.

Llegó el Domingo en el que la maestra me presentaría al hermano de su mejor amiga. Diosito nos tiene un camino bien delineado, bien trazado. Una misión por cumplir. Cuál fue mi sorpresa, era mi amiguito de la infancia, ese que siempre que pude defendí, y era ya todo un hombre. Muy bien parecido, pero su mirada aún esquivaba la mía. Algo muy típico de las personas con autismo.
Al estrechar mi mano me dijo: tú eres la Nena Muro, tus papás vivían en la Zarco y eran muchos hermanos.

Siempre me sentí elegida para mi misión como mamá de Aletio. Pero ese día, con el reencuentro con mi amiguito, Diosito me lo reafirmó. Me había preparado siendo yo una niña.
Amén.

Guapísimo día para todos.

canalfox

Un comentario en “Memorias de mi Ellie

  1. Verónica

    Sí Clau, Dios en su infinito amor y sabiduría nunca se equivoca. Venimos a este mundo con un propósito y a veces no es fácil, pero siempre lo tendremos a él para guiarnos y alentarnos en situaciones duras. No me cabe ninguna duda que Dios te escogió como mamá de Alex, porque sólo tu podrías hacer ese trabajo…nadie más lo haría como tú. Es un gran orgullo para mi ser parte de su familia.. Los amó!

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