“Desde que me dejaste, la ventanita del amor se me cerró”

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Lo escuchamos y hasta lo decimos tanto, pero no empezamos por aceptarlo como lo que es, la realidad más certera: ¡La vida es efímera! En fracción de segundos, todo puede cambiar o terminarse.

El sábado pasado hacia reír a mi Ellie porque amanecí cantando “Desde que me dejaste, la ventanita del amor se me cerró”. Todo el día los dos estuvimos cantando algunas estrofas de esta canción y la de Banana, del grupo Garibaldi.

Desde ayer lunes, no paran de hablar del lamentable fallecimiento de uno de sus integrantes. En la noche que me di cuenta fui a la recámara de mi madre a darle la noticia, la cual de verdad sentí que le afectó. Llorando me decía una y otra vez, Pero si era tan joven, qué pena, de verdad, qué pena.

Antes de dormirme, al platicar con Dios, le pedía por la familia de Xavier Ortiz y por todos aquellos cariños que lo quisieron y se lo demostraron. No tengo duda de que él ya está en el cielo, con Dios.

No podría ser de otra forma, cuando tenemos a un padre amoroso y misericordioso que sabe y comprende las aflicciones, el dolor, o el miedo de cada uno de sus hijos.

A mí, esta noticia me ha puesto a reflexionar una vez más.

Cuando yo me siento triste, nostálgico, o dolido, lloro y lloro mucho con sentimiento, con dolor, con miedo, con incertidumbre… Pero siempre mi madre está a mi lado sosteniéndome, tomando mi mano, abrazándome en silencio y, después, con sus sabias y reconfortantes palabras.

Desde muy pequeño me enseñó que el llorar es el inicio del intento por sanar, de minimizar tu dolor, de purificar el alma y empezar a cicatrizar las heridas de tu corazón. Me enseñó que las lágrimas no son producto de debilidad.  Muy al contrario, es tener el valor de aceptar nuestra vulnerabilidad y tener el deseo de recuperarnos y retomar nuestro día a día.

Me enseñó que no es válido eso de que los hombres no deben llorar. Y, ¿por qué no, acaso no tienes corazón? ¡Cuánta razón tiene la Prietita!

Llorar es un paso importante para tu liberación, nunca hay que sentirse avergonzado o preocupado del cómo nos pueda ver la gente, del cómo nos pueda juzgar.

Otra reflexión seria, lo importante que es el saber que cuentas con alguien para poder hablar de cualquier tema, sin el temor de sentirte juzgado. Uno no espera que siempre la persona que te escucha, te resuelva tu preocupación o tu problema, pero saber y sentir que alguien te escucha, se preocupa y se ocupa de demostrártelo, hará más ligera tu pena y tu dolor.

Admiro mucho a mis padres, a los dos, porque ellos siempre están ahí para escuchar o acariciar el alma y el corazón herido de quienes lo han necesitado. Muchas veces dejando su propio dolor o preocupación a un lado. Para ellos, todos importan, y si pueden aportar su granito de arena, siempre lo harán buscando mil formas. Su mente no para, su corazón menos.

En la vida habría menos suicidios, si existieran más personas solidarias y misericordiosos como mi Ellie y papá. Tenemos que aprender. Tenemos que querer. Debemos desear el servir, preocuparnos y ocuparnos por los demás, aun a pesar de nuestros propios problemas. Eso es lo que Dios quiere de todos nosotros; eso es lo que el mundo necesita.

Procuremos estar alerta cuando veamos o tengamos conocimiento de alguien que no la está pasando bien. No ignoremos los síntomas. La depresión existe y cada vez son más los que la padecen.

Y podríamos ser muchos, si lo quisiéramos, los que pudiéramos ayudar.

Yo una vez más doy las gracias a Dios por mamá y por papá. Porque son las personas con el corazón más inflado y desinteresado que conozco. Yo los amo más, más que al límite a los dos.

Xavier Ortiz, la puerta del cielo se te abrió y tú ya descansas y eres feliz, no importa lo que piensen los demás.

Observar desde el silencio

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Soy un hombre de silencios, porque es la forma en que Dios me permite observar para poder aprender. Hoy, contigo mi Ellie, me he dado cuenta de ello.

Somos una familia original, es así como papá lo describe y me encanta.

De muchas tradiciones que tenemos, una de la que más disfruto es la de nuestros paseos y recorridos por la ciudad y sus alrededores. Salir contigo, lo he dicho anteriormente, es siempre  toda una aventura. Es permitirme abrir los ojos y el alma, crecer, madurar y avanzar.

¿Te diste cuenta, hijo, de que hay personas que no tienen la fortuna de  contar con una familia que les cuide con amor, y un hogar en donde resguardarse? Ese inocente hombre tan mayor, quizás podría ser el abuelito de alguien y solo le queda recorrer las calles bajo este sol abrumador, enfermo, solo y deshidratado, me dice mi Ellie.

Y continúa: A nosotros, hijo, no nos hace falta nada. Nunca jamás pases de largo si ves la necesidad de alguien y tú puedes ayudarlo con una llamada a las autoridades pertinentes, a un amigo, o comprándole algo que esté necesitando. Pero no permitas que tu conciencia se quede intranquila y tu corazón vacío.

Esta es mi madre, la que una vez más me dejo ver su corazón misericordioso ayudando a un buen hombre  de mente perdida, pero no así falto de agradecimiento.

Cuando mi mamá,  desde arriba en el carro, se devolvió y se acercó a él para preguntarle si estaba bien, él todo agradecido le respondió que sí, que gracias. Pero no estaba nada bien, estaba a punto de desmayarse.

Ellie se fue a toda velocidad al primer pick quick que vio para comprar gatorade y agua, regresando con la misma prisa a buscar al Señor.

Él se había refugiado en la primera sombra que encontró, porque realmente estaba mal. Ellie se puso el cubre bocas, guantes, y se acercó guardando los seis pies de distanciamiento. Le dio el gatorade y agua. Él bebía agradecido de su botella de gatorade y, después de un rato, le dijo a mi Ellie: Gracias por haber regresado y por preocuparte por mí. Dios está en tu corazón y él está muy contento por lo que estás haciendo conmigo. Eres una buena mujer.

Ellie regresó al carro y marcó al 911 pidiendo auxilio.

Siempre me he sentido muy orgulloso de mi madre, pero hoy más que nunca después de  lo que ella le respondió al oficial que atendió su llamada:

-“Por favor hagan hasta lo imposible por venir, este hombre necesita de verdad ayuda”.

El oficial le respondió:

– “Deja veo que se puede hacer, pero no sé cuánto tiempo tomará si van a ayudarlo”.

-“Lo que sea que les tome yo no me voy a mover de aquí”, le dijo mi Ellie.

Esta es la hija más pequeña de Lilia y Francisco Muro, pero la del valor y compasión más grande para sus semejantes.

Amo ser su hijo y sé que debo de imitarla y sobretodo cuidarla. A veces no lo hago y ella perdona y olvida ¡Ay mi Ellie, que Dios te cuide muchos años!

 A los 10 minutos un oficial llegó a prestarle auxilio a nuestro nuevo amigo. Dijo que lo revisarían y le llevarían al hospital.  No supimos el nombre de nuestro amigo, porque mamá de los nervios olvidó preguntárselo, pero en el corazón nuestro y  en el de él queda un grato recuerdo.

Gracias Dios por mi madre.

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Gracias por ser “equipo”

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Ser siempre parte de tu equipo, Madre.

De ese al que nada ni nadie lo derrota, porque nuestra roca fuerte siempre es Dios.

Equipo al cual el llanto nos enseña que las lágrimas jamás serán nuestra debilidad sino, al contrario, es como nuestra pócima de sanación y recuperación.

Un equipo en el que a todos se nos permite el verdadero liderazgo y el mejor ejemplo, guía y consejo que es hacerlo y darlo todo desde el corazón.

Ese es tu equipo mi Ellie, mi equipo, nuestro equipo.

En el que no hay espacio para el rencor, la amargura o pensar en el fracaso. El que intenta comprender y perdonarlo todo.

Soy miembro de un equipo, en el que después de cada caída, se tiene el derecho de volver a mirar hacia arriba y hacia adelante, con la frente siempre en alto, sin perder la humildad.

Equipo que se solidariza y se conmueve. Que ríe y que agradece. Que grita y se perdona.

Que siempre pueda ser parte de este equipo y que tú siempre vayas al frente mi Ellie.

Mañana, el calendario y los aparadores de almacenes y centros comerciales, dicen que es Día de acción de gracias.

Gracias se las doy yo siempre a Dios por tenerte a tí, a papá y a Guapo, en cada uno de mis días.

Gracias por la vida, por nuestra salud, por nuestro amor a prueba de todo caos y toda crisis.

Gracias por nuestro hogar, que siempre huele a limpio y donde siempre hay amor, con todo y sus días de tempestades.

Gracias por los ricos platillos y por los que se te pasaron de tueste, porque siempre son preparados con agradecimiento y con cariño.

Mi acción de gracias es interna y eterna, pues no podré cansarme nunca de agradecer el que seas mi madre.

¡Qué feliz me haces!

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Gracias

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En tiempos como estos, en los que solo se habla, se grita, o se escribe, con dolor, sangre y olvido, tendríamos que seguir e imitar a los grandes de alma y corazón. A aquellos a los que su investidura y su cargo les provoca salir a buscar a los que están desvalidos, indefensos, perseguidos, maltratados, juzgados y olvidados, para hacerlos sentir que no van solos, que, pese a sus circunstancias tan adversas, hay algunos que se preocupan y se ocupan de ellos.

Para el Sr. Obispo de El Paso, Texas, Mark J. Seitz, lo más fácil, lo más sencillo, sería seguir las noticias, pedir oración por todos los migrantes, dejar que el Gobierno resuelva, y que todas estas familias queden en las manos de Dios.

Pero no está en sus venas, quedarse pasivo, indiferente, ciego, sordo y mudo. Él demuestra su misericordia a todos sus hermanos, actuando, demostrando el verdadero sentido del amor de Cristo para con todos, y lo que El espera de los que nos llamamos sus hijos, personas de bien.

No tengo el placer de conocer al Sr Obispo Mark J. Seitz en persona, pero me basta con escuchar a papá hablando de él, de lo que lo admira y respeta por su valor y su calidad humana. Lo orgulloso que está de que sea su pastor.

Gracias, Señor Obispo, por su amor desinteresado y por su solidaridad para nuestros hermanos migrantes. Gracias por predicar con el ejemplo. Gracias por su corazón inflado más que al límite

Lo que hace tu mano derecha no dejes que lo sepa tu izquierda. ¡Qué afortunado, orgulloso y agradecido debe estar quien recibió su ayuda como donante! ¿Por qué esos detalles bonitos no se cuentan?

Que Dios, la Morenita y mi Juan Pablito segundo le cuiden siempre.

 

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El Chocorrol (familia Moreno-Jauregui)

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No existe remanso de paz más bonito que el que te da acercar a tu vida un corazón humilde lleno de ternura y bondad. ¡Cuánta fortuna tengo de que Dios elige a estos corazones y me los pone en mi camino!

Mi tío Chocorrol no es un tío cualquiera. Él es un hombre de mirada brillante, serena, voz tranquila y sonrisa tierna.

Creí que nadie podría alcanzar a papá, en paciencia.

Mi tío Chocorrol es de tal forma, que no le importa salir a cuidarme cuando brinco en el trampolín de su casa, sin importarle el tiempo que dure, y si los rayos del sol le queman su rostro.

Él, solo está ahí, pendiente de que yo cumpla la promesa de no hacer marometas en el aire, como se lo prometí a mi Ellie. Él cuida de mí, como cuidaría de cualquiera de mis primas y mis primos. Me cuida con amor.

Estar de visita en su casa, no es visita. Me siento como en casa: feliz y protegido.

Puedo dormir siesta de las horas que sean, y despertar sin sentir miedo si mi Ellie no está, porque sé que estarán él, mi tía Cristi, y alguna de mis primas. Además, me dejan dormir en su recamara que tiene la cama grande y huele rico a olor a puerto seguro.

Y, mientras yo duermo, también cuidan de mi hermano, y Guapo se siente seguro y feliz.

Mi tío Chocorrol y mi tía Cristi son mis amigos, me hacen bromas y juegan a mis juegos y mis dichos bobos. También mis primos.

Amo más que al límite a la familia Moreno Jauregui, y me honra ser parte de ellos.

Gracias tíos, gracias Brenda, Viri, Héctor e Iker por compartir a sus papás conmigo.

Les prometo que yo también cuidaré de ellos.

Gracias, Ellie, por permitir que a nuestra vida solo estén cercanos personas de corazón inflado.

 

 

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